Los límites de la tolerancia

lunes, junio 01, 2009

El Síndrome de Babel

Conclusiones sobre una enfermedad social

Como sabemos todos, sindromé significa en griego concurso, y es una palabra que se utiliza en medicina para definir al conjunto de síntomas que caracteriza a una enfermedad, de modo que definiendo cada uno de ellos, se puede definir la enfermedad en cuestión. Yo les voy a hablar del síndrome de Babel, enfermedad social clasificada entre las neurosis por el psicólogo suizo Claude Pirón.

Pero, ¿por qué de Babel? Veamos lo que nos dice sobre esta palabra el Libro de los libros, es decir, La Biblia. En el capítulo 11 del Génesis, versículos 1 a 9 leemos:

Toda la tierra tenía una sola lengua y unas mismas palabras. Sucedió, pues, que al emigrar del Oriente encontraron una llanura en la región de Sinaar y se establecieron allí. Y se dijeron unos a otros: ea, hagamos ladrillos y cozámoslos al fuego. El ladrillo les sirvió de piedra y el asfalto de argamasa. Después dijeron: Edifiquemos una ciudad y una torre cuya cúspide esté en los cielos, y nos crearemos un nombre para no dispersarnos sobre la superficie de toda la tierra. Entonces bajó Yaveh para ver la ciudad y la torre que edificaban los hijos de los hombres, y Yaveh dijo: he aquí que todos ellos forman un solo pueblo y tienen una sola lengua y éste es el comienzo de su empresa. Ahora, pues, nada les detendrá de ejecutar todo lo que proyecten. Bajemos, pues, y allí mismo confundamos su lengua para que no se escuchen unos a otros. Y desde allí Yaveh los dispersó sobre la superficie de toda la tierra y cesaron de edificar la ciudad. Por esto se le llama con el nombre de Babel, porque allí confundió Yaveh la lengua de toda la tierra, y de allí los dispersó Yaveh sobre la superficie de toda la tierra.

Esto es lo que nos dice La Biblia, la verdad absoluta para mil millones de seres humanos. Sin embargo, cualquier sacerdote de hoy en día diría que esto no se debe tomar al pie de la letra, pues es un lenguaje figurado, apropiado para la mentalidad semítica, para la que fue escrito originalmente. Consideremos, pues, este relato desde cuatro puntos de vista; veamos brevemente cuatro interpretaciones diferentes:

  1. Un teólogo: «Dios, simbolizado por el Cielo, llama al hombre ante sí. Pero Dios es amor, sencillez, afecto, comprensión, unión en el respeto a las diferencias. El hombre tiene una vocación que le impulsa hacia lo más alto, pero no puede realizarla más que con un espíritu de orgullo o rivalidad (los comentaristas consideran generalmente que los hombres quieren obtener el Cielo, no para descubrir a Dios y tratar con Él en un clima de afecto recíproco, sino para ocupar su lugar). Si el hombre se deja encandilar por esas tentaciones, pervierte su vocación e introduce la discordia, pues Dios es la concordia».

  2. Un Marxista: «El mito de Babel revela la fuerza de la unión y el miedo que tienen de ella los que han tomado el poder y se han puesto por encima de los otros. El «Señor» representa aquí a las clases explotadoras que tiemblan al ver que la unión de las clases explotadas amenaza con provocar una inversión del poder. Como lo que temen es la unión, las clases dirigentes crean la confusión. Por medio de sus manipulaciones y desinformaciones impiden unirse a las fuerzas liberadoras. El idioma forma parte de la superestructura, es un arma, como demuestra la función de discriminación social que ejerce la ortografía en Francia, las diferencias de pronunciación en Inglaterra, el empleo de las lenguas en el mundo. ¿Es casualidad que los que saben inglés en España no pertenecen nunca —por así decirlo— a la clase obrera, al proletariado? El mito bíblico es una manipulación destinada a mantener a las fuerzas productoras en la resignación, abajo, con una amenaza: si intentáis llegar al nivel dirigente, sembraré la confusión en vuestras filas y os sentiréis ridículos».

  3. Un capitalista: «Este relato expone bajo una forma mítica lo absurdo que es querer llevar a los hombres al paraíso en la tierra, como han querido hacer los comunistas. Si se lanza uno a una empresa ambiciosa sin un estudio previo, sin análisis de la relación eficacia/coste, llega un momento en que hay que dar marcha atrás: la incomprensión y las disensiones se instalan entre los que invierten sus fondos o competencias y los que han creído poder ignorar las leyes de la realidad. El cielo no es un techo que una torre pueda alcanzar. La Unión soviética de ayer ilustra este mito, ha pretendido llevar a la gente al mañana que cantan sin tener en cuenta las realidades humanas y económicas. Resultado: el tejido social se ha desgarrado. Los habitantes de este antiguo gran país ya no hablan el mismo idioma y la construcción se detiene, en una confusión increíble».

  4. Un psicoanalista: «¿La Torre de Babel? Eso está relacionado con el Complejo de Edipo. La erección de una torre..., sabemos de qué proviene. El muchacho quiere alcanzar el (séptimo) cielo que conocen su padre y su madre. La confusión es lo que siente cuando se imagina cogido por su padre en flagrante delito. [...] De golpe la erección de la torre se interrumpe. En el fondo la historia de Babel tiene conexión con los fantasmas de la castración. Si se intenta erigir una torre para llegar al placer del cielo ...¡zas! «Él» nos la corta, porque somos culpables. Puede que por eso a las chicas se les da mejor los idiomas que a los chicos. Ellas no se sienten rivales de un padre peligrosamente potente».
Ya hemos visto de dónde viene el nombre de la enfermedad. Ahora vamos a describirla. Es una enfermedad social, es decir, no la padece una persona individual, sino la sociedad entera, aunque esté compuesta por individuos completamente sanos en su totalidad. El caldo de cultivo de esta enfermedad lo forman una serie de factores a los que no son ajenos el lugar común, la desinformación crónica, la falta de debate serio y sosegado, así como la delegación inveterada de la opinión propia en la de los expertos más o menos profesionales.

Pero primero describamos los síntomas a los que he aludido antes, y luego describiremos someramente los intentos de tratamiento y curación de esta extraña enfermedad social.

  • Primer síntoma: No hay problema en el mundo de hoy. El problema de comunicación se resuelve con el inglés.
  • Segundo síntoma: la traducción y la interpretación son eficaces. Eso justifica lo que cuestan.
  • Tercer síntoma: Aunque los gobiernos dediquen a Babel unas cantidades milmillonarias de pesetas que podrían curar el analfabetismo o la salud o el hambre de sus pueblos respectivos, ello no es censurable, porque no tienen más remedio que hacer eso.
  • Cuarto síntoma: No es importante el inconveniente de permitir que unos utilicen una lengua a la perfección y a la vez impedir que los demás tengan esa facilidad.
  • Quinto síntoma: las lenguas que se enseñan en nuestras escuelas e institutos de secundaria se aprenden a la perfección, o al menos a un nivel más que suficiente.
  • Sexto síntoma: ambién se pueden aprender las lenguas extranjeras fuera de los centros de enseñanza reglada. Todo es cuestión de ponerse manos a la obra. El que no aprende inglés es porque no quiere.
  • Séptimo síntoma: la enseñanza de las lenguas extranjeras en nuestros centros secundarios da acceso a una cultura extranjera.
  • Como muchas otras enfermedades mentales, el Síndrome de Babel comporta un delirio. En lugar de percibir la realidad, la sociedad se complace en lo imaginario, como lo demuestran estos síntomas que acabo de enumerar.

    Si el problema se hubiera resuelto con el inglés, ninguno de los que estamos aquí reunidos, que hemos superado unos estudios secundarios llenos de inglés, tendría ningún problema para seguir una película en dicho idioma, e incluso esta misma conferencia se podría continuar en inglés, sin menoscabo de la comprensión por parte de ninguno de Vds. Sin embargo, mi experiencia de veinte años como profesor de inglés me ha demostrado que esto no es precisamente lo habitual. A mí me encanta el inglés, tanto que un día decidí dedicar mi vida entera a enseñarlo, decisión que no he lamentado jamás. Si el español es mi madre, digamos que el inglés es mi tía, mi tía rica que me da de comer, que me da acceso a una cultura maravillosa donde conviven Shakespeare, Dickens, las hermanas Brönte, Hume, los Beatles, Agatha Christie, la gente que se conduce por la izquierda, y por otra parte me relaciona con los diestros, los americanos del American Way of Life, de la Libertad, la economía de mercado, del In God we trust, el honor, Hollywood y sus premios Óscar, Dashiel Hammet, el mundo de las comunicaciones digitales y tantos otros beneficios que sería tan largo enumerar. O sea, que el inglés me ha convertido en un súbdito ejemplar del Imperio del Sol Poniente. Dicho sea sin acritud ni cinismo alguno. Pero la ética más elemental me lleva a no engañarme ni a mentir a los demás. Si esa metafórica tía a la que he aludido antes y que tantos beneficios me da no es hermosa o se porta mal, sería vil que yo intentase convencer a alguien de lo contrario. Me limitaré a confesar que los alumnos que terminan COU en nuestro país sin haber realizado ningún curso de inmersión en Estados Unidos o Inglaterra por lo general están muy lejos de poder componer un discurso o una redacción inteligibles en inglés. Lo mismo pasa en Francia, en Italia y otros países europeos, con la notable excepción de Alemania, de Holanda y de los países escandinavos. Y la razón está en primer lugar en la proximidad lingüística entre los idiomas naturales de esos países y el de Inglaterra. Si en nuestros institutos se impartiese el italiano o el portugués durante esos siete años, seguramente la inmensa mayoría de nuestros estudiantes, que no son más torpes ni están atendidos por profesores más incapaces que los de otros países, podrían elaborar ensayos o sostener debates en esa segunda lengua aprendida en la enseñanza secundaria. Pensemos que cuando era el francés la segunda lengua de todos los españoles, hace no tantos años (en Murcia en concreto hace de esto menos de veinte años), la competencia lingüística adquirida por los estudiantes de bachillerato a través de métodos más anticuados y menos eficientes que los actuales, era superior, como lo demuestra mera existencia de una prueba oral en aquellos exámenes llamados de Madurez para acceder a la Universidad, substituidos ahora por los de Selectividad, más descafeinados..

    No, la causa de esta pérdida de competencia lingüística en nuestros bachilleres hay que buscarla en el inglés mismo. Consideremos los siguientes aspectos:

    1. Un batiburrillo de expresiones poco claras. El escritor George Steiner decía de sus alumnos extranjeros que habían alcanzado un claro dominio del inglés: so much that is being said is correct, so little is right (tanto se dice correctamente, tan poco es adecuado). Para los anglófonos el inglés de los extranjeros que lo dominan parece pedante, pobre, artificial y complicado, porque donde los extranjeros utilizan palabras largas y cultas, ellos usan una multiplicidad de monosílabos. Así, en lugar de despise (despreciar), los anglos dicen look down on; en lugar de to occasion (ocasionar), ellos prefieren to bring about; en lugar de let him say everything he wants (que diga lo que quiera), ellos dicen let's hear him out; en lugar de compensate (compensar), los aborígenes del inglés dicen make up for; en lugar de I'll have to tolerate his presence (tendré que tolerar su presencia), prefieren decir I'll have to put up with him. Pero make up además de compensar puede significar también tomar una decisión, como en la frase he's made up his mind to stay in (ha decidido quedarse dentro), y también puede significar ponerse maquillaje (I've made up my face to go out: me ha maquillado para salir). No es exactamente el problema de la polisemia, porque no es una sola palabra la que presenta diferentes significados, sino todo un grupo de palabras.

    2. Vocabulario inmenso. En español y en general en las lenguas europeas somos más económicos con el número de las palabras que usamos coloquialmente. En nuestro idioma la palabra grande expresa una idea que viene abarcada en inglés por big, large, tall, great, grand, important,... Esto proviene de que la fuente léxica del inglés proviene del germánico y del romance. Eso ha causado pares de palabras que se usan donde nosotros utilizamos sólo una. Este referido a lugar geográfico, es diferente según nos refiramos a Europa (Eastern Europe) o a África (East Africa). Confundirnos equivale a extender nuestra tarjeta de visita de extranjero ante un inglés. Igual ocurre con inevitable/unavoidable, brotherly/ fraternal, liberty/freedom, buy/purchase, read/peruse, eastern/ oriental, beef/cow. Otro ejemplo: de diente provienen dental y dentista. En inglés la palabra original es tooth (con cuyo plural irregular, teeth, no nos vamos a meter), pero el experto en dientes no es toothist, sino dentist: es decir, dos palabras donde en los demás idiomas hay sólo una y sus derivados. Un japonés parte también de ha (diente) y de isha (médico) para formar haisha (dentista), y encuentra igualmente de mal gusto que se le imponga en la escuela una lengua que le exige un desperdicio tan grande de memoria.

    3. Fonética delicada. El inglés se parece cada vez más a la lengua de los antiguos egipcios, que se escribía de una forma que nada tenía que ver con lo que se oía. En todas las lenguas de Europa se sabe cómo va a sonar una palabra desconocida cuando se la ve por primera vez correctamente escrita. Sin embargo, fonéticamente nada diferencia a beet (remolacha) de beat (golpe o pulso), sólo esa a o segunda e. Pocos extranjeros no especialistas saben pronunciar o entender la diferencia sonora entre ship (barco) y sheep (oveja), sobre todo cuando se les habla deprisa. Para no cansarles, les diré que en inglés se utilizan doce vocales diferentes allí donde los demás pueblos usan cinco. Y lo grave es que los ingleses escriben las doce vocales con sólo cinco signos, igual que nosotros. Así, resulta que la e suena e en bed, get y sell, pero suena i en evening, complete y cinema; la u suena a en sun, iu en useful, y u en bull. Y todo esto en inglés del bueno. Pero abundan las formas dialectales, legítimamente utilizadas por los naturales de los países anglófonos, donde nos pueden obsequiar con frases como 'm gonna say no nothing que nos hacen dar la razón a Henry Higgins cuando se preguntaba why can't the English talk proper English?

    4. Usos inesperados del inglés. He aquí un joven licenciado en lenguas modernas por su universidad europea que saca una oposición de intérprete simultáneo en las Naciones Unidas, que como todos nosotros sabemos, tiene su sede en Nueva York. Nuestro joven va orgulloso a tomar el autobús, y al llegar a la parada ve con preocupación un cartel que dice No standing (prohibido estar de pie). Pero no ve ningún asiento cerca, y supone que no se debe sentar en el suelo hasta que llegue el autobús. Se dedica, disciplinadamente, a darse paseos hasta que llega el autobús. En su centro de trabajo le explican, con guasa, que en América no standing significa no parking (prohibido aparcar). Pero más trágico fue el caso de aquel escolar japonés de 16 años, que va a Estados Unidos de viaje de fin de estudios, y al que un guarda jurado toma por lo que no es. Le chilla Freeze! y el zagal, ignorando porqué un señor mayor quiere que se congele, sigue su camino..., hasta que la bala del guarda le destroza el corazón. Porque resulta que allí Freeze! es el equivalente del antiguo ¡Alto o disparo! de infausta memoria en nuestro país.

    5. Gramática vaporosa. En inglés no existe ni el género ni el número en los adjetivos, y esto es algo que agradecemos cuando lo estudiamos, máxime si lo comparamos con las desagradables flexiones del alemán o del ruso. Pero luego nos hablan de our English teacher y no tenemos claro si nos están hablando de un profesor de inglés nacido en España, o de un profesor de lo que sea nacido en Inglaterra... Más preocupante es que cuando nos ordena el médico que hagamos short breathing exercises no sepamos si se trata de ejercicios cortos de respiración o ejercicios de respiración corta. Los ingleses seguramente lo distinguen por el contexto, pero ellos son nativos. Nosotros también somos nativos, pero de otra cultura de la que debemos sentirnos orgullosos. No nos resuelven el problema de Babel los ingleses, no.

    Pero las nuevas tecnologías nos impelen —me dicen algunos amigos— a aprender inglés. Si sabemos inglés, entenderemos mejor los ordenadores y los manejaremos con mayor eficacia. Entender cómo funcionan los ordenadores de verdad significa entender el código máquina, o sea, el lenguaje de los ceros y unos y no el inglés. Y tampoco sería eso, sino una mera variación de campos magnéticos inscritos en las limaduras de hierro que hay en los discos... Pero sigamos la corriente, asumamos que es cierto, que conviene conocer los comandos o palabras reservadas que utilizan los ordenadores, por ejemplo, en los lenguajes de programación. Y tomemos el que tiene más de ellas, el llamado basic. Si tomamos un buen manual de béisic, veremos que no hay más de ochenta. Dupliquemos este número, y veremos que aún nos faltan 2740 para llegar a las supuestas 3000 que dicen los expertos que bastan para tener una conversación de tipo general con cualquiera. Son palabras, por supuesto, como print, screen, put, list, rem, etc., que tienen traducciones muy exactas al español. Pero esto se ilustra mejor con un pequeño poema que me voy a tomar la libertad de leer a Vds. La autora se llama Anita Raskin, y está sacado de un libro que tiene el título tan prosaico de Antenas de televisión y F.M. (Daniel Santano León: Antenas de televisión y F.M. Madrid 1962, E. Paraninfo):
    I remember, I remember, Yo recuerdo, recuerdo
    In the dear old days gone by, en los queridos viejos días que se han ido
    When a screen was meant to hinder cuando una pantalla dificultaba
    The intrusion of a fly; la invasión de una mosca;
    I remember when antennas Recuerdo cuando las antenas
    Were the things we used to see eran lo que solíamos ver
    Waving gently from the forehead oscilando suavemente en la cabeza
    Of a butterfly or bee; de una mariposa o abeja;
    And I recollect when people Y me vienen a la memoria
    Spoke of snow, and likely meant los que hablando de nieve se referían probablemente tan sólo a esos
    Little flakelets, wet and chilly, copos húmedos y fríos
    Swirling Whitely in descent. que se retorcían al bajar.
    I remember, I remember Recuerdo, recuerdo
    What those words once meant to me, lo que aquellas palabras una vez significaron para mí.
    Ah! Those dear old definitions ¡Ah! !Aquellos viejas definiciones
    In the days before TV!de los días de antes de la televisión!]

    Pero si no podemos o no queremos aprender inglés a un nivel suficiente para entendernos correctamente con los extranjeros, existe otra solución: la de confiar esta función a unos intermediarios profesionales que llamamos intérpretes o traductores. Se prefiere utilizar la primera palabra para los que vierten las ideas de un idioma a otro en el mismo momento en que lo oyen, y el segundo término se reserva para los que traducen por escrito, con mayor comodidad, tiempo y con la posibilidad de consultar diccionarios y obras especializadas en el tema del texto a traducir. Los intérpretes hacen una labor heroica que no todos están capacitados para realizar, pues hay que escuchar en un idioma y hablar simultáneamente en otro. Eso requiere tener unas facultades especiales, una gran memoria y una flexibilidad mental continuada, sin bajones, durante todo el tiempo que dura la conferencia, discurso, o entrevista para la que se le ha contratado. Eso, naturalmente, tiene un coste. Y ese coste se mide en muchas pesetas. El profesor Pirón, psicólogo, políglota, antiguo profesor de idiomas y traductor de la ONU y de la OMS, que ha recorrido los cinco continentes trabajando de intérprete en diversas conferencias de dichos organismos y psicoterapeuta y profesor de la Facultad de Psicología y Ciencias de la Educación de la Universidad de Ginebra (Suiza) nos dice que en 1991 un intérprete ganaba más del equivalente a 85.000 pesetas diarias en una conferencia multilingüe. La Unión Europea emplea a más 570 intérpretes y a más de 2500 eventuales. En 1989 dedicó a interpretación y traducción más de 1400 millones de ECUS, es decir, 243.000 millones de pesetas, cifra que va en aumento cada año que pasa y que pagamos Vds. y yo. Los traductores, por otra parte, tampoco están mal pagados. Por cada palabra traducida se les abona 36 centavos de dólar, aproximadamente cincuenta pesetas. Multiplíquese por los tres millones seiscientas mil palabras que se traducen diariamente, y llegaremos a la aterradora conclusión de que cada día la Unión Europea gasta 175 millones de pesetas sólo en que sus representantes se entiendan. En eso nos gastamos el dinero los europeos. Y no podemos evitar comparar ese gasto con otros más modestos. Como, por ejemplo, lo que cuesta mantener al mes a 70 niños abandonados en Vietnam: 60.000 pesetas, o sea, lo que una traducción de 1200 palabras, es decir, de dos páginas. La lucha contra la desnutrición cuesta sólo diez dólares anuales por cada niño: 27 palabras de un documento de la Unión Europea. Mientras la Unión Europea y la ONU invierten semejantes cantidades en entenderse, en hablar y hacer poco, falta dinero para cosas como éstas: cien millones de niños no van nunca a la escuela; doscientos millones van muy pocas veces, mil millones de personas no tienen cuidados sanitarios; mil setecientos cincuenta millones no tienen agua potable, una persona de cada cinco vive en la miseria absoluta... Pero hay quien defiende que los gobiernos no pueden hacer otra cosa, que los servicios de traducción e interpretación son eficaces y que resuelven problemas. En la Organización de las Naciones Unidas han intentado un método híbrido, que funciona igual de mal que el de la Unión Europea, pero es más injusto, a pesar de que sea más barato. Resulta que en la ONU están representados más de tres mil idiomas, pero la traducción e interpretación se realiza sólo a seis: inglés, francés, ruso, español, árabe y chino. Pero muchas sesiones de trabajo transcurren sólo en inglés y francés por imposibilidad material. Eso quiere decir que sólo los representantes de seis idiomas —en el mejor de los casos (dos en el peor)— podrán jugar en casa. Imaginemos que se obliga a jugar al tenis a una persona con una mano atada a la espalda y con una raqueta pesada contra otra persona más experta, con su raqueta de toda la vida, más ágil y que lleva jugando al tenis desde que era niña. Naturalmente, el público no lo consentiría y se iría, indignado. Sin embargo eso es lo que pasa en la ONU todos los días, donde se ventilan problemas importantes que afectan a la paz mundial. Los vietnamitas, coreanos, keniotas, afganos, ucranianos..., deben confiar en la buena voluntad de los europeos, aunque no siempre se entiendan con ellos en los debates. Evidentemente, la paz mundial es menos importante que un partido de tenis. Lo que necesitamos los habitantes de la aldea global para entendernos de un barrio a otro de este pequeño mundo que se encoge, no es el idioma del vecino más fuerte y prepotente. Todo idioma nacional conlleva una cultura, una filosofía de la vida, una ideología, una actitud hacia los demás. Para que nos entendamos todos lo que necesitamos es un idioma neutral. Pero hay otras consideraciones.En español tenemos una palabra mágica, gracias, que no usamos todo lo que deberíamos. Es en sí toda una frase, que podríamos ampliar, pero sin darle mayor significación: yo te doy las gracias, o te lo agradezco mucho. En inglés se debe decir yo agradezco te (I thank you), en alemán, yo agradezco a ti, en francés yo te agradezco. En realidad las cuatro formas significan lo mismo y desde un punto de vista estrictamente comunicativo debería dar igual utilizar una u otra fórmula cualquiera de ellas. Pero chocamos entonces con mitos, prejuicios y simplificaciones que impiden comprender cómo las cosas ocurren en la realidad. Tomemos un ejemplo contrario a la norma en nuestra lengua, para ilustrar lo que quiero decir. Los verbos españoles se conjugan según tres modelos diferentes, pero en vías de una mayor claridad, asumamos que se utiliza sólo una para todos, como en inglés. Elijamos la segunda conjugación. Conjuguemos el verbo ser: yo sero, tú seres, él sere, nosotros seremos, vosotros seréis, ellos seren. Tomemos el verbo to Be, en inglés: I be, you be, he be, we be, you be, they be. Nos zumban menos los oídos con To Be que con Ser, ¿verdad? Eso se debe a que toda nuestra tradición, el respeto a nuestros ancestros remachado por nuestros maestros cuando íbamos a la escuela, en forma de se dice..., o así no se dice, por la suprema razón, como mucho, de porque sí: toda esa tradición se ha agitado dentro de nuestra mente, consciente o inconscientemente. A los ingleses presentes les habrá pasado algo parecido al oír lo de I be, aunque algo menos, pues en algunas partes del mundo se encuentran estas formas, así como las de gonna, wanna y otras más. Pero hay una lengua en que esta forma no hace zumbar nuestros oídos, porque es la correcta: mi estas, vi estas, li estas, ĝi estas, ŝi estas, ni estas, vi estas, ili estas. Sabiendo que mi, vi, li, ĝi, ŝi, ni, vi, ili son los pronombres personales, y que esti es el verbo ser (to be) ya saben Vds. conjugar el presente de todos los verbos en Esperanto. Por cierto, mi marŝis significa anduve, y mi naĝis significa nadé. Ahora también saben Vds. formar el pasado de todos los verbos en Esperanto. El Esperanto combina lo mejor del inglés —su gramática simplificada— con lo mejor del español —su pronunciación fonética—, pero con ambas cualidades mejoradas, pues no existen las excepciones del inglés, ni los dobletes del español como la b y la v, o z-c, c-k, k-q, ni tiene letras mudas como la h. En español los extranjeros y los niños tienden a cometer fallos como decir periodera en lugar de periodista, engañados por la reincidencia de pescadera, costurera, camarera y tantos otros. En Esperanto tendríamos ¢urnalisto, fiÙisto, servisto, etc. Pero muchas personas reaccionan agresivamente contra el Esperanto, pues les parece que una mayor comunicatividad que en su lengua materna les parece algo así como un atentado a lo más íntimo de su persona. Eso es otra característica del Síndrome de Babel que lo encuadra dentro de las neurosis. El neurótico reacciona violentamente ante palabras clave, o como hemos dicho antes, palabras reservadas. Veamos un ejemplo sacado del libro Foreign Language Annals (anales de lengua extranjera), de M. D. Arabaiza:

    La lengua, como el amor y el alma, es cosa viva y humana, tan difícil de definir; es el producto natural del espíritu de una raza, no de un hombre solo... Las lenguas artificiales son repugnantes y grotescas, como los hombres dotados de piernas o brazos metálicos o que tienen un regulador de ritmo cosido a su corazón. El Dr. Zamenhof, como el Dr. Frankestein, ha creado un monstruo hecho de piezas y de pedazos vivos, y, como Mary Shelley ha intentado decirnos, nada bueno puede salir de ello.
    Dejando aparte la falta de respeto del Sr. Arabaiza hacia los que han tenido la desgracia de perder un miembro en un accidente, o que por enfermedad necesitan un marcapasos, es notable su miedo y su ceguera. No considera en ningún momento la serie de problemas que semejante lengua podría solucionar, la literatura que existe en ella ni las amistades que procura, ni tampoco que posibilita el descubrimiento de otras culturas extranjeras. Se limita a decirnos que es el coco del que tenemos que protegernos. Cae, además, en la falacia de considerar que las lenguas son entes vivos de verdad, y no una mera analogía de los lingüistas para explicarse ciertos fenómenos. Sin embargo, una lengua no es más que una convención de sonidos a los que arbitrariamente se les da un significado. Si las lenguas llamadas naturales tuvieran, en su léxico, algún nexo con la realidad, con los objetos que designan, las palabras coincidirían en todas las lenguas del mundo. Pero resulta que ni siquiera las onomatopeyas coinciden, pues los gallos dicen kikirikí, cokegricó o doodle-doodle-doo según los oiga un español, francés o inglés respectivamente. Sería muy largo comentar aquí las objeciones que se le han planteado al Esperanto en sus más de cien años de existencia, y no tenemos tiempo. Es posible que ahora me planteen Vds. algunas de ellas, aunque esta conferencia no tiene por objeto convencer a nadie de que adopte el Esperanto, sino señalar la presencia de una enfermedad social que debería ser curada no a escala individual, sino social. Y eso se hace, a mi juicio, mediante un debate sossegado y razonado. Pero al igual que antes les recité un poema en inglés, me gustaría recitarles ahora otro en Esperanto, y que juzguen Vds. si efectivamente la lengua Esperanto es más artificiosa (pues artificiales lo son todas) que el inglés. El poema se llama Al la Juda Foririnto, y es de un obrero holandés llamado Leen Deij:

    AL LA JUDA FORIRINTO (Al judío que se fue)
    Li fermis la kofron, manpremis — adiaŭ!Cerró su maleta, mi mano estrechó: ¡adiós!
    Sen ia protesto li iris...HodiaŭSin otra protesta marchó... Hoy
    mi tion komprenas; li povis nur miri,comprendo que sólo se podía preguntar
    ke mi, la kristano, lin lasis foriri. que yo, el cristiano, le dejase marchar
    Kun kapo klinita la kofron li portis. La cabeza inclinada, su maleta portaba
    Li iris la vojon al Auschwitz kaj mortisA Auschwitz fue y allí murió
    sen ia protesto...li povis nur miri,sin otra protesta..., sino preguntar
    ke mi, la kristano, lin lasis foriri. que yo el cristiano, le dejé marchar
    Kaj iam la filo, kun filo parolos,Y si acaso su hijo con el mío hablara
    kaj tiu demandos, la veron li volos. y la verdad quisiera
    La mia silentos..., kaj provos nur miri,el mío en silencio.., no podrá comprender
    ke mi, la kristano, lin lasis foriri.que yo, el cristiano, le dejé desaparecer
    Ni sentis kompaton, kaj monon kolektis,Sentimos piedad, dinero reunimos
    dum kelkaj el ni la infanojn protektis. y entre varios a sus niños protegimos
    Sed Auschwitz ekzistis! Nu, kion plu diri?Pero Bueno..., Auschwitz existió! ¿Qué resta decir?
    ke mi kaj ke vi..., ni lin lasis foriri. Que yo y que tú..., le dejamos morir.

    Leen Deij (Holanda)

    Por último, no quisiera terminar mi conferencia sin leer unas reflexiones de un esperantista nonagenario, Raimundo Laval, para que saquen Vds. sus propias conclusiones:

    ¿Dijiste utopía?

    Algunos intelectuales afirman con suficiencia que una lengua para la humanidad es una utopía. Porque, dicen, cada pueblo tiene un espíritu especial que se expresa en su propia lengua nacional. Por eso no es posible una comunicación auténtica entre las personas de naciones y lenguas diferentes. Según ellos, por ejemplo el pensamiento de un natural del oriente asiático es totalmente impenetrable a un occidental y viceversa: ¿entonces, cómo podrían comprenderse el uno al otro? Incluso usando las mismas palabras, las interpretarían de forma diferente. Al escuchar estos argumentos de peso, me río; y releo las cartas de mis amigos del Extremo Oriente, o los libros de Miyamoto Masao, o una página de El Popola Ĉinio ("Desde China Popular"). Recuerdo aquella conversación fluida con los esperantistas de China, Japón o Indonesia. Al usar nuestro común instrumento de relación mutua nunca experimenté ninguna dificultad de intercomunicación. Me doy cuenta de que expresamos igual los pensamientos y sentimientos, incluso si alguna vez utilizamos cuadros y metáforas diferentes, pero sin embargo comprensibles. El llanto de la mujer japonesa que ha perdido a su hijo en la Guerra del Pacífico o bajo la bomba de Hiroshima es parecido al de la madre americana cuyo hijo pereció en Pearl Harbour, o al de la madre alemana cuyos hijos fueron mascrados en el bombardeo de Dresden o de Hamburgo. La misma sonrisa feliz aparece en los labios de los jóvenes amantes de Pekín o de Moscú. En todas las latitudes y longitudes el cerebro funciona por igual en toda cabeza humana, y el corazón late igual en cada busto humano. En todas partes el cuerpo y el alma reacciona igual al sufrimiento y a la alegría, y encuentra las misma palabras para expresar sus sentimientos y pensamientos. No nos dejemos embaucar por teorías sofistas. Contrapongámosles tranquilamente nuestra experiencia práctica. ¿Dijiste utopía, imposibilidad? Nosotros demostramos el movimiento andando.
    Reproducido de su ubicación original, con permiso de su autor.

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